Pablo y yo seguimos jugando. Hacía casi una semana que me hizo sentir una de las mejores corridas de mi vida y estaba deseando continuar dónde lo habíamos dejado. Seguíamos diciéndonos guarradas por el Chat.
Llevaba toda la semana detallándole la comida de polla que estaba deseando hacerle. Le contaba que tenía ganas de tragármela entera. Cuando le dije que podría tragarme su polla hasta la garganta, él se estremeció de gusto en la silla. Sé que su deseo era cada día mayor, pero ahora era yo la que le hacía sufrir.
Ahora era yo la que estaba jugando con él. Cada día le hacía una mamada maravillosa. Pero por el ordenador, claro. Le ponía la polla durísima. Muchas veces me suplicaba que no siguiera, porque estaba deseando levantarse, plantarse delante de mí, sacarse la polla y metérmela en la boca. No me importaría que lo hiciera. Estoy deseando comérsela, pero quería hacerle sufrir un poco más.
Hoy ya no he podido resistirlo más. Esta mañana le mandé un mensaje por el Chat invitándole a reunirse conmigo en el ascensor y me dirigí hacía él. Me metí en el ascensor y esperé dentro. No tardó en abrirse la puerta y aparecer él. Allí estaba expectante.
En cuánto las puertas se cerraron detrás de él le agarré la polla con fuerza, le acerqué a mí y le dije que le haría la mejor mamada del mundo. Apreté el botón del sótano y le besé en la boca con fuerza. Sin soltarle la polla. Se la restregaba y la frotaba y que cada vez estaba más dura en mi mano.
En el sótano conocía un pequeño recoveco dónde nadie nos encontraría. Nada más llegar allí, le apoyé contra la pared mientras le besaba el cuello con pasión. Se lo mordía y lo lamía cómo una loca. Mi mano le frotaba la polla con fiereza. Polla no, pollón. La verdad es que el bulto era enorme. No sé si me cabría toda en la boca pero estaba deseando comprobarlo.
Me acuclillé delante de él y empecé a desabotonarle el pantalón para dejar al descubierto lo que llevaba deseando comerme desde hace una semana. Menudo pollón. Estaba durísimo, en todo su esplendor. Y yo estaba empapadísima.
Me lo metí en la boca y pronto descubrí que sí me cabía entera en la boca. Era muy grande, pero yo estaba muy perra así que me la engullí toda entera en la boca. Mi boca se movía con fiereza y mi lengua se movía cómo descontrolada. Mientas se la comía mis manos masajeaban sus huevos.
Él estaba cómo ido. Estaba apoyado en la pared, con los ojos cerrados y gimiendo sin parar. Su imagen de sumisión me puso muy cachonda así que empecé a mover mi cabeza con mayor rapidez. Mientras se la estaba chupando yo masajeaba mi coño con la mano que me quedaba libre. Estaba empapadísima.
Sus gemidos iban en aumento. Su polla estaba tan dura y tan roja que sabía que estaba apunto de reventar. Así que aumenté el ritmo y me dispuse a saborear toda su leche. Tenía ganas de que se corriera en mi boca.
Él me agarró la cabeza cómo para dirigir mis últimos movimientos. Movía mi cabeza con fuerza, con pasión. Era su perra, era su puta y yo estaba chorreando de placer al sentirme tan zorra. ¡Menuda corrida! Mi boca se llenaba de semen con cada explosión de placer. Pero me encantaba. Lo quería todo para mí.
Seguí lamiéndole la polla. Quería comerme hasta su última gota de semen. Pronto empecé a sentir cómo su polla se volvía a poner dura. Parece que Pablo quería más guerra.
Así que me incorporé, comencé a besarle con fuerza. Quería sentir su polla en mi coño. Quería follármelo. Así que levanté mi pierna derecha y empecé a jugar con su polla golpeando y frotándola contra mi coño.
Cuando me iba a agarrar para levantarme y clavármela entera le paré y le dije al oído: “Ahora soy yo la que quiere jugar. Quieres follarme, ¿verdad? Pues será en otra ocasión, pequeño. Me di la vuelta y me dirigí hacía el ascensor.
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