Los dos estábamos tan cachondos que ya nos habíamos olvidado que era pleno día, que estábamos en el jardín y que nos podía ver cualquiera. Sólo nos dejábamos llevar por el deseo y lo que más me apetecía en ese momento era follármela de las mil maneras que había fantaseado antes en casa.
La retiré de mi nabo y la tumbé en el césped para comerle esa rajita depilada a la brasileña que tenía mi mujer. Me encantaba comerle el coñito. Oír sus jadeos y sus gemidos me volvía loco. Tras unos minutos de hacerle maravillas y después de una corrida suya que me llenó la boca de flujo, estaba empalmadísimo. Así que la puse a cuatro patas y le clavé la polla hasta el fondo.
Mientras me la estaba follando cómo una perra, ella debió pensar que ahora le tocaba a ella dominarme a mí, quería ser ella la que me follara. Así que me tumbó en el césped y mirando con cara de lujuria me dijo: “Te vas a enterar”. Y comenzó a cabalgarme cómo nunca antes lo había hecho. Me folló cómo una auténtica puta. Y me encantó.
¡¡Dios, cómo me estaba follando!! La oía gemir, la oía gritar de gusto cada vez que se corría en mí y yo cada vez estaba más excitado. Qué embestidas, cada vez más fuertes. Mi polla estaba cada vez más dura, estaba apunto de reventarle el coño. Pero ya que era mi fantasía, quería acabarla como había soñado antes. Quería correrme en su cara.
Así que cuando noté que estaba a punto de irme, la levanté de mi polla, la tumbé en el césped y me corrí en su boca. ¡En toda su boca! Quería que se comiera toda mi leche. Y ella lo hizo encantado. Estaba muy cachonda y había disfrutado igual o incluso más que yo.
Hemos vuelto a repetir la experiencia alguna vez, aunque no han sido tan salvajes cómo la que os he relatado.